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viernes, 9 de octubre de 2009

Diálogo sobre el Ensayo sobre la libertad de John Stuart Mill

El diálogo del club de lectura del Centro de Ética David Hume, correspondiente al 1 de octubre del 2009, giró en torno al Ensayo sobre la libertad, de John Stuart Mill. Como siempre, el diálogo estuvo muy animado y en él se expusieron las más diversas opiniones. En general, todos opinaron que, tanto por el tema como por la forma de abordarlo, el ensayo de Mill parece escrito para hoy. Se vio clara su postura ante la individualidad, el respeto a la propiedad privada, la desigualdad como marca de cada uno, y la condición social del ser humano. La libertad es soberana y hay que defenderla siempre frente al Estado y frente a la misma sociedad. Alguien, con la mejor intención, trató de tildar a Mill de socialista, y alguien, con sano criterio, lo defendió y subrayó que había que juzgarlo a luz de su tiempo. Algunos dudaron de la ética del autor en relación con alguna de sus posturas, y otros salieron en su defensa, por no estar de acuerdo con ellos. Se acabó con la idea de que debemos ser tolerantes y comprensivos, pero que, para no ser veletas y para que los demás sepan a que atenerse frente a nosotros, hay ciertas ideas y principios que deben estar arraigados en cada uno de manera muy sólida.

Amable Sánchez

viernes, 18 de septiembre de 2009

Decíamos ayer… (9)

¿Hay alguna base sobre la cuál asentar nuestra responsabilidad, entendida como comportamiento ético? ¿Cuál? ¿La herencia, la costumbre, la rutina, la historia, la revelación, la fe, el miedo? Parece que lo que está fuera de toda duda es que tenemos que ser responsables; que ser responsables y comportarnos éticamente viene a ser lo mismo; que ser responsables y adoptar un comportamiento ético es responder de nosotros: de nuestras ideas, nuestras palabras, nuestras acciones, nuestras omisiones y nuestras actitudes. ¿Ante quien? Primero, ante nosotros mismos; después, ante los demás. La irresponsabilidad es la levadura del caos social. Nuestra responsabilidad supone nuestra libertad y el buen uso de la misma. También supone el respeto a la libertad de los otros. Aunque tengan su razón de ser, no parece convincente que la base de nuestra responsabilidad y de nuestro comportamiento ético lo constituyan la herencia, la costumbre, la rutina o la historia. Ni siquiera la fe. Menos aún el miedo. Se me ocurre –y lo que voy a decir solo es una opinión personal– que la base de nuestra responsabilidad y de nuestro comportamiento ético es nuestra propia naturaleza de individuos humanos y sociales. Digo naturaleza y no simple condición. Una naturaleza racional, capaz de ver, prever, pesar y asumir consecuencias. En el fondo de nuestra naturaleza radica nuestro deseo de sobrevivir, de no destruirnos, de salir adelante como individuos y como especie. La violencia y la inseguridad que la misma genera solo pueden explicarse como atrofia de aquello que nos constituye en lo que somos y en lo que debemos ser.

Amable Sánchez

domingo, 16 de agosto de 2009

¿Hasta dónde llega la tolerancia?

Tolerancia se define, según el Diccionario de la Lengua Española, como respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
Si abrimos la discusión más a un campo filosófico, se puede argumentar que es más importante el respeto a la persona y no necesariamente a cualquier idea o práctica que esa persona ejerciese.
Quiero ir aún más allá: ¿Debo respetar y tolerar a una persona que deliberadamente modifica hechos comprobados?

Para concretizar, me estoy refiriendo a un artículo de Carolina Escobar Sarti publicado en Prensa Libre el jueves 13 de agosto de 2009, sección Opinión, en el cual elabora: "luego de una lectura exhaustiva" sobre su oposición a la propuesta de ProReforma. En el cuarto parágrafo escribe “Los siete mil firmantes de dicha iniciativa (no 73 mil, como ellos dicen), se hacen portavoces del resto de la población,…”

Esta pronunciación no se puede interpretar de otra forma que de mala fe y manipulación de la opinión pública; al fin y al cabo se ocupó exhaustivamente del tema!

Veamos lo que escribe Alfred Kaltschmitt en Prensa Libre el viernes 14 de agosto de 2009, sección Opinión, en el segundo parágrafo: “Se han reunido y presentado al Congreso 73 mil 193 firmas. Comprobadas y auditadas. De esas 73 mil 193 se hizo una muestra aleatoria de siete mil, porque muchos firmantes solo pusieron su número de cédula, mas no su número de empadronamiento, y así cumplir con el requisito de reunir un mínimo de cinco mil firmas para plantear la solicitud de un referendo.”

Aquí, en el Blog del Centro de Ética David Hume, no se trata de si estoy a favor o en contra del proyecto ProReforma, sino de la responsabilidad de una escritora que tiene una columna semanal, que se asume que es una profesional y que tendría que tener los criterios intelectuales y éticos para defender sus ideas con seriedad y, sobre todo, con veracidad. Incluso con esa manipulación de hechos descalifica por completo cualquier otro argumento válido que hubiese hecho.

Y así llego a la conclusión de que con esa persona no puedo ser tolerante; es una pérdida de tiempo leer sus artículos.

El proyecto ProReforma merece un análisis serio, un debate dinámico. Todos aprendemos del diálogo, no hay nada perfecto, siempre hay mejoras. ¡Pero que se mantenga el respeto!

Erika Bornholt

jueves, 6 de agosto de 2009

Decíamos ayer (4)

Según Prensa Libre del martes 4 de agosto, el día anterior el presidente del Congreso comenzó la sesión plenaria con estas palabras: “La junta directiva no va a iniciar ningún proceso, de acuerdo con el artículo 67 de la Ley Orgánica, pero sí quisiera hacer un llamado a la reflexión al honorable pleno y a la junta directiva, en relación con el debate, para conducirse con decoro”. Eso de que “la junta directiva no va a iniciar ningún proceso” significa que llueve sobre mojado: mojado por un chaparrón que recordamos, lamentamos y condenamos todos, aunque el propio Congreso no lo haga.

En Mateo 10, 42 se dice: “… el que diere de beber a uno de estos pequeños solo un vaso de agua fresca en razón de discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa”. Pero no es lo mismo darle un vaso de agua a un sediento que tirársela a la cara a un contrincante. Parece que el contrincante acuagredido, agresor antes, trató de dramatizar el acto diciendo que en el Congreso podían hasta mentarse la madre, pero que eso de tirar agua era otra cosa. Claro. Más si se hace sin decir agua va, y sobre todo si el agua, en lugar de ser clara y limpia, tiene ciertos infusorios dañinos, e incluso sapos y culebras.

Como se ve, no habrá sanción ni proceso. ¿Bastará un simple llamado a la reflexión para que en los debates los congresistas se conduzcan con decoro? ¡Quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum: qué bueno y agradable es que los hermanos permanezcan unidos…! Ya sabemos que no se puede aspirar a tanto. Menos en el Congreso. ¡Pero siquiera el decoro! El decoro, que no debe ser simplemente decorativo. El decoro, que es tanto como el honor, el respeto, la dignidad, el nivel mínimo de calidad de vida, según el propio Diccionario de la lengua española, de la RAE.

Amable Sánchez